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martes, diciembre 13, 2005

El declive de Zhu Di

De 1421, El Año en que China Descubrió el Mundo.

A los pocos meses de haber inaugurado la Ciudad Prohibida y de haber zarpado la gran expedición de Zeng He, comenzó la caida de Zhi Di. Todo empezó con el incendio de la Ciudad Prohibida, del que trata este fragmento:

La noche del 9 de mayo de 1421, dos meses después de que la armada de Zeng He hubiera zarpado, estalló una violenta tormenta sobre la Ciudad Probihida:
Esa noche se inició por casualidad un incendio [...] cayó un relámpago en lo alto del palacio que había sido recientemente construido por el emperador. El fuego que se inició en el edificio lo envolvió de tal manera que parecía como si dentro se hubieran encendido cien mil antorchas cargadas de aceite y mecha [...] hasta el punto de que toda la ciudad ardía con el fulgor de aquel incendio, y el fuego se propagaba [...] devastó los Apartamentos de las Señoras detrás de la Sala de la Audiencia, [...] alrededor de doscientos cincuenta aposentos quedaron reducidos a cenizas, y un gran número de hombres y mujeres se quemaron [...] Siguió ardiendo así hasta que se hizo de día, y, a pesar de todos los esfuerzos, no se pudo controlar el fuego hasta la hora de la oración, por la tarde.1
Las bolas de fuego parecían recorrer la propia Vía Imperial, a lo largo del eje de la Ciudad Prohibida, destruyendo la Sala de la Gran Armonía, la Sala de la Armonía Central y la Sala de la Armonía que Preserva, los magnificentes palacios en los que Zhu Di había recibido a los dirigentes del mundo tres meses antes. El trono del emperador quedó reducido a cenizas. «en su aflicción se dirigió al templo y rezó con gran impaciencia, diciendo: "El Dios del Cielo está enfadado conmigo, y, por tanto, ha quemado mi palacio, aunque yo no he cometido ninguna mala acción. No he ofendido a mi padre, ni a mi madre, ni he actuado tiránicamente".» [...]

Los emperadores chinos creían que gobernaban por mandato del Cielo. El modo en que cayó el rayo y la gravedad del incendio que le siguió difícilmente podrán haber resultado más ominosos para Zhu Di. Un acontecimiento de tan terrible naturaleza solo podía señalar la exigencia de los dioses de un cambio de emperador. Zhu Di cedió el poder temporalmente a su hijo, Zhu Gaozhi. «Al agravarse la enfermedad del emperador, su hijo solía acudir a celebrar las sesiones en la Sala de la Audiencia.» Esforzándose en comprender la naturaleza de la calamidad que le había ocurrido, a continuación el emperador promulgó un edicto dirigido a su pueblo:
Mi corazón está lleno de inquietud, no sé cómo controlarlo. Parece que ha habido cierta laxitud en los rituales para honrar al Cielo y servir a los espíritus. Quizá se ha cometido alguna transgresión de la ley ancestral, o alguna perversión de los asuntos de gobierno. Acaso los hombres mezquinos destacan mientras los hombres buenos huyen y se esconden, y el bien y el mal ya no se distinguen. Quizá los castigos y los encarcelamientos han sido excesiva e injustamente aplicados a los inocentes, y no se ha discriminado a los justos de los deshonestos [...] ¿Ha sido eso lo que lo ha causado [el fuego]? La severidad con las personas de abajo y de arriba, que contraría al Cielo. En mi confusión no puedo encontrar la razón [...] Si nuestras acciones en realidad han sido incorrectas, deberíais exponerlas una a una, sin ocultar nada, de modo que podamos tratar de reformarnos y recuperar el favor del Cielo.2
El edicto desató una predecible tormenta de críticas por parte de los mandarines. La mayoría de ellas iba dirigida contra los grandiosos planes y proyectos de Zhu Di, especialmente contra la Ciudad Prohibida, que los dioses habían destruido. Se habían despojado inmensas zonas de árboles para construir las enormes salas; decenas de miles de artesanos habían trabajado durante años en los fabulosos aposentos; se habían invertido enormes sumas de dinero en mármol y jade [...]. El incendio coincidió también con una terrible epidemia de una enfermedad desconocida [...]. La epidemia parecía otro signo más del enfado de los dioses.

[...] Se hicieron frenéticos esfuerzos para pacificar al pueblo. [...] En un intento por salvar su trono, Zhu Di promulgó una serie de decretos mal concebidos. Se interrumpieron los futuros viajes de las flotas tesoro, y se prohibieron los viajes al extranjero.

Y no acabó aquí el declive. A esto siguió la ruina económica, el hambre, etc. Finalmente Zhu Di muere en una guerra que inicia contra los mongoles.

Bibliografía:
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